El etiquetado, la carta de presentación

Llega el momento de embotellar y de vestir la botella, es decir, decidir etiquetarla. Está claro que lo que realmente es importante en una botella de vino está en el interior. No hay discusión en ello. Pero eso no es excusa para no prestarle atención a la etiqueta. Una etiqueta es una oportunidad para explicar algo del vino, de la bodega y de la filosofía que envuelve a esa botella.

La crianza de los vinos

Cuando hablamos de crianza todos tenemos en la cabeza las barricas de madera. Sin duda, una preciosidad (reconozco que me encanta pasear por esos pasillos infinitos de barricas en silencio, semioscuros y con perfume a vino). Sin embargo, para la crianza o guarda de los vinos existe una gran diversidad de depósitos con múltiples materiales y formas. Desde los depósitos de acero inoxidable a las barricas, toneles o fudres de madera, las tinajas de barro o arcilla, los huevos de hormigón o de piedra, las demajuanas de cristal, la propia botella…

El descube y prensado

De la manguera, sale el vino con fuerza y nos embriaga solo con el olor. Llenamos una copa y el color es espectacular. Pura mencía. Color intenso a frambuesa, en la gama de rubí a cereza, muy vivo,  con destellos violáceos. Pocas variedades son tan vivas y brillantes. Lo pruebo. Es suave, seco, cremoso… No percibo muchos aromas pero llevamos horas en la bodega rodeados de vino y nuestra nariz se ha aclimatado.

De mosto a vino. Una cuestión química

La primera cata del mosto-vino de nuestro tanque nos sabe a gloria: mucha fruta, cereza, fresa, aún dulce… (La fermentación no ha terminado). No nos emocionemos, pero pinta bien.