Después de cuatro añadas apadrinando una viña en El Bierzo, por fin puedo compartiros el resultado de un camino largo, paciente y lleno de decisiones. Ya tenemos aquí El Viaje Rosado 2024, mi rosa, rosae. Probablemente mi vino más singular hasta el momento, fruto de mi empeño y cabezonería por conseguir con la Mencía algo distinto.
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Y lo hicimos. No un rosado ligero de terraza, no. Este es un rosado nacido de la idea de que esta categoría puede ir más allá: tener profundidad, textura y memoria. Un vino que mira a la fruta, pero también al tiempo.
En su elaboración me inspiré en los vinos de Borgoña, en esos blanc de noirs que trabajan la elegancia desde la delicadeza. Aquí hemos hecho algo similar con la Mencía: sin prensar, utilizando solo el mosto flor (ese que aflora sin apenas presionar las uvas, solo el pisado y su propio peso), fermentación cuidada en barrica cerrada con airlock, trabajo con lías y crianza de 9 meses en barrica y 7 meses en botella para conseguir estructura, sedosidad y frescura.

El resultado no es un vino evidente. Es un vino que pide copa, análisis, degustación. Trabajar solo con mosto flor, casi sin prensado, nos ha llevado a un grado alcohólico más alto del previsto (14,5%). No era el objetivo inicial, pero sí la consecuencia de haber elegido solo la parte más jugosa de la uva. En el vino no siempre se controla todo, y también forma parte del aprendizaje aceptar lo que el proceso devuelve. Es algo que tengo muy presente de cara al futuro.
Pero también es cierto que, una vez en copa, ese grado alcohólico no se impone como un problema. Le da otra dimensión. Más estructura. Más presencia. Más carácter. Hoy lo entiendo como parte de su identidad. No es un rosado ligero, sino un vino con peso y personalidad. En nariz es sutil y elegante, con notas de fresa, pétalos de rosa y un fondo especiado; en boca, sin embargo, muestra más presencia y potencia. No es un rosado para tomar muy frío ni como simple aperitivo: es otro tipo de vino, uno que pide mesa, tiempo y conversación.


Y ahora llega el momento que da sentido a todo este proceso. Abril. Sant Jordi. Las rosas, los libros y el vino. Creo que no hay mejor momento para que este vino empiece su camino fuera de la bodega.
Mi rosa, rosae es ya una realidad embotellada que merece ser degustada. Y yo, así lo haré este Sant Jordi y lo que dure. Me guardaré unas cajas para ir observando su evolución. Porqué quizá eso sea lo más importante: entender que cada añada es una forma de aprender y de escuchar el vino. No hay un vino perfecto. Hay decisiones, tiempo y consecuencias. Y para gustos, colores. Yo me quedo con mi rosa, rosae.
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