
Desde abril no ha caído una sola gota de lluvia en el Bierzo, y ahora las temperaturas se disparan hasta los 40 °C. El suelo está reseco, las hierbas y zarzas crujen bajo el sol, y el campo -el viñedo y el bosque- lo nota, y lo sufre. Esta sequía extrema no solo debilita la planta, sino que convierte el entorno en un riesgo constante de incendios.
Y el fuego ha llegado. En estos días, el fuego acecha al Bierzo por los cuatro costados. Al oeste, en Chandrexa de Queixa y A Teixeira (Ourense), los incendios devoran monte sin control. Al sur, en Maceda (Ourense), otro foco amenaza el entorno rural. En el Bierzo, los focos de Yeres y Llamas de la Cabrera están en nivel 2, lo que ha motivado la intervención de la UME y el desalojo de vecinos, además del cierre de accesos a Las Médulas para facilitar las tareas de extinción. Arden las Médulas, Patrimonio de la Humanidad.
Ver el bosque arder duele más que perder una cosecha; porque sin bosque no hay lluvia, sin lluvia no hay viña, y sin viña no hay vida en el Bierzo.
Otros incendios en León como Fasgar, Orallo y Sésamo están en nivel 1, mientras que hay también focos activos en Cabañas de Dornilla, Anllares del Sil y Filiel. Es un drama. Y desde el centro de la hoya, en Cacabelos, el humo se ve por todos los horizontes. Pienso en Jesús (Vinos Cariñosos) y en David (Valle del Recunco), que están ahí, día y noche, enfrentando el fuego con valentía y cariño, como hacen con las viñas, luchando para proteger lo que amamos.
¿Qué le pasa a la Mencía?
En el viñedo, la situación es igual de preocupante. Las lluvias de principios de año afectaron la brotación y la floración. Después, meses de sequía. Resultado: racimos escasos, pequeños, poco compactos y un envero irregular.



El envero -cuando la Mencía pasa del verde al morado- marca el inicio de la maduración. Pero no se trata solo de azúcares: lo importante es la maduración fenólica, que las pieles afinen, que los taninos se suavicen y que los aromas se completen. Sin agua, la planta acelera el azúcar pero no madura en lo demás, y eso puede dejar un vino más duro, desequilibrado.
No es lo ideal. Sin embargo, si el viñedo logra resistir y llega alguna lluvia en el momento justo, la planta podrá completar esa maduración fenólica que necesitamos para hacer un buen vino.
Ahora toca esperar que el calor baje, las noches refresquen y la planta siga trabajando para que las uvas ganen color, aroma y estructura sin perder frescura. Que las semillas pasen del verde al marrón y que los taninos dejen de ser verdes para volverse sedosos. Que el hollejo acumule antocianos y que el equilibrio llegue a tiempo. Y, sobre todo, que la lluvia caiga a su debido momento para que la vendimia no sea una carrera contrarreloj.
Paso a paso, seguimos cuidando la viña
Así que, a pesar del calor y del humo, seguimos. Ayer fuí a la viña a colocar las cintas retráctiles para ahuyentar a pájaros y corzos, que con el brillo y el ruido salen disparados. Mientras hago los lazos -uno aquí, otro allá-, veo correr un animal pequeño, marrón. ¿Un conejo? ¿Un gato? No… creo que es un tejón. Claro, todos los animales quieren uvas. Pero yo también las necesito.
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Las vallas son para el jabalí; las cintas, para el resto. Quedan ahí, brillando cada vez que les da el sol, como guardianas improvisadas que velan por cada racimo.
Es un trabajo sencillo y relajado, de cepa en cepa, porque en un año así, cada racimo cuenta. Y mientras ato la última cinta, levanto la vista y pienso lo mismo que todos aquí: que llueva, pero que llueva bien. Sin granizo, sin viento… para dar fuerza a la viña pero, sobre todo, para ayudar a esos bomberos, agentes forestales y soldados de la UME que luchan incansables contra el fuego que está devorando nuestros bosques.

Ahí en el centro la véis, mi viña. Sola, aislada, resistente. A su alrededor, zarzas, hierba seca, matorrales que crecen en parcelas abandonadas que antiguamente fueron viñas. Rodeados de bosque. No quiero que nunca nos llegue el fuego.
