Mi cuarto regreso al Bierzo

Vuelvo. Cuarta añada. Cuarto verano que cruzo el norte de España con la piel erizada. En el Bierzo me esperan las viñas, los amigos, las emociones… y Julio, que me recibe como si no hubiera pasado el tiempo. Pero sí ha pasado (y eso, es bueno).

Nos ponemos al día: trabajo, familia, fractura de pie incluida, y vamos directos a ver las viñas. Este año se ven verdes, sanas, vivas. Increíble. Después de las dificultades del año pasado con el mildiu, esto parece un milagro. Las cepas viejas, centenarias, han respondido. Como si hubieran rejuvenecido. Como si el trabajo de recuperación que llevamos años haciendo por fin estuviera dando fruto. Fuertes. Firmes. Vigorosas. Jóvenes, por dentro.

El suelo está seco. Más que seco. Hierba crujiente, polvo, insectos. La falta de lluvias se nota y hace mella. Por un lado, ha sido un escudo: sin enfermedades, sin mildiu, sin sustos. Una añada limpia, una vegetación perfecta, una postal. Pero cuando bajamos la vista al racimo, la cosa cambia. La uva es poca, pequeña, descompacta. Julio, que no suele exagerar, lo dice claro: «Es preocupante.»

Y lo es. Estábamos tan ilusionados con lo bien que venía la añada… y de repente, este golpe de realidad. Recorremos varias viñas, las de Mery, Ángeles, Joaquin, Luís… todas están más o menos igual. ‘No es normal a estas alturas tanta uva diminuta’. Especialmente la Mencía. La uva blanca -Godello, Palomino, Dona Branca- parece que evoluciona mejor. En los grupos de WhatsApp del Bierzo, el mensaje se repite: «Poca uva, racimos pequeños, enverado irregular. Unos sí, otros no.» Un mapa de contrastes. Los productores no dan crédito a esa uva pequeñaja y raquítica.

Les falta agua pero aquí no se puede regar. En el Bierzo no está permitido. Eso los pone en desventaja frente a otras regiones vinícolas (casi todas en España). Así que la amenaza está ahí, latente: si no llueve en agosto, vamos a sufrir. Y de momento, no anuncian lluvias. Solo calor.

Veo en Julio el gesto de preocupación y es que ellos, como muchos pequeños productores aquí, se juegan el año, su trabajo, su manutención. Esto no es Rioja, ni Ribera. Aquí el viñedo viejo ya da poca uva de por sí. Se merecian un año de bienes. Los padrinos somos otra historia. Por supuesto que llegamos ilusionados y deseamos la mejor viña, la mejor uva, la mejor añada… pero nuestras elaboraciones son pequeñas. Diría que, para nosotros, esos bajos rendimientos son casi una ventaja. Como se suele decir: «Año de escasez, vino de nobleza». La planta concentra recursos (agua, azúcares, compuestos fenólicos) en menos frutos.

Pero aún queda partido. Siempre queda partido.

Camino entre las cepas como quien vuelve a casa después de mucho tiempo. Sin los pinos (los arrancaron), el paisaje respira más amplio, más limpio. La viña se abre, se muestra. Hay uva (haberla, haila). Y eso ya es algo.

Miro alrededor y siento ese viejo vértigo de quien pertenece a dos lugares. Este Bierzo ya es mi segundo hogar. Aquí no soy visitante. Aquí me hundo en el suelo, en las raíces, en la mirada de Julio y Suso. Y aunque la incertidumbre esté servida -como siempre en el campo-, hay algo que me sostiene: la viña está viva. El Bierzo, también.

Publicado por maiteruiza

Periodista. Especialista en Vinos. Autora de El Viaje al centro del Vino

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