Camino entre mis viñas en Cubillos del Sil y mientras observo las uvas y pienso en la vendimia que se acerca, no dejo de darle vueltas a la misma pregunta: ¿El humo afectará a las uvas? ¿Los incendios y el aire cargado de cenizas pueden marcar la añada?
La última semana, el Bierzo ha ardido como nunca antes. Múltiples incendios forestales de gran magnitud -también en Portugal, Galicia, Asturias, León- tiñeron nuestro cielo de rojo y el aire de ceniza. La calidad del aire alcanzó niveles críticos: partículas PM10 y PM2,5 por encima de 250 µg/m³, más de 300 AQI, catalogación “peligrosa”. Durante cuatro días cerramos ventanas, cancelamos actividades al aire libre y hasta respirar era un riesgo. Pero si nosotros respiramos humo, las viñas también lo hacen. No es una metáfora: es lo que en Australia o California conocen demasiado bien: el Smoke Taint, un defecto serio en el listado de química enológica.
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Allí se ha demostrado que el humo libera compuestos fenólicos volátiles que la vid absorbe con facilidad. No dejan manchas, no se ven, pero se fijan en la piel y la pruina, se anclan en los azúcares, aguardando el momento de liberarse en aromas de ceniza, brasas o incluso bacon ahumado.
Llamo a Rubén López Cortés, mi profesor en la Wine Love Academy. Doctor en Biología Molecular, Químico y Enólogo. Colaborador del proyecto ‘Bullipedia: el Sapiens del Vino’ y con un proyecto personal también en el Bierzo, Terra Silis. Nadie mejor que él para abordar el tema. ¿Qué podemos esperar este año?
Su respuesta no tranquiliza: ‘No se sabe, pero hay riesgos evidentes. El humo puede debilitar las levaduras indígenas y provocar fermentaciones pobres. El estrés oxidativo altera azúcares y acidez. Y si los compuestos fenólicos se fijan, podrían aparecer notas cenicientas, persistentes en el vino’. En resumen: el fuego no solo arrasa el paisaje, también puede alterar la química y la vida microbiana que definen un vino.
Cojo un racimo de uvas, las huelo. Nada. Rubén me advierte: ‘El problema no es que la uva ‘huela’ en la cepa. Es que esas moléculas se esconden unidas a los azúcares. Y es después, cuando fermentamos y el vino evoluciona, cuando vuelven a liberarse en nariz y en boca. Como si el humo estuviera escondido, esperando su momento’.



Por suerte, en Cubillos los focos quedaron alejados. ‘La distancia no es lo decisivo -me dice Rubén-. Importa la densidad del humo y cuánto tiempo permanece en el viñedo. Si se queda, penetra a través de la piel y ya no se va’. ¿Y qué podemos hacer?‘ ‘Este año, más que nunca, hay que estar muy atentos a los prensados, las maceraciones y las temperaturas de fermentación‘, me responde. Los tintos pueden disimularlo, pero en los blancos, cualquier descuido se nota’. Según Rubén, los viñedos en espaldera, con poda en verde y racimos más expuestos, son los más vulnerables: el humo y las partículas tienen más superficie de contacto directo con la uva. En cambio, las cepas en vaso o con más follaje pueden ofrecer cierta protección natural.
En fin, estaremos atentos a lo que sucede en otras regiones que van antes, como Valdeorras o Monterrei, porque lo que pase allí nos dará pistas. Me asalta otra duda inevitable: ¿es peligroso para la salud? La respuesta es clara: No. Los estudios de UC Davis y otras instituciones coinciden en que el Smoke Taint no representa un riesgo toxicológico. El problema es sensorial: vinos que huelen a ceniza, saben amargos, resultan desagradables. No gustan.
Respiro hondo. La incógnita persiste: ¿qué carácter tendrá esta añada?
Muerdo una uva. Es pequeña, de piel dura, poco jugo, dulzor avanzado. Venimos de meses de sequía extrema. El termómetro rozó los 40 °C y el aire seco, cargado de humo, funcionó como un secador constante sobre el viñedo. La planta cerró estomas, redujo transpiración, buscó sobrevivir. Y la uva lo acusa: la maduración se acelera o se para, la piel se engrosa como escudo, los azúcares suben pero la acidez cae. El equilibrio natural se tambalea.
Queda camino aún y la buena noticia: anuncian lluvias. Y la lluvia es más que agua. Es limpieza del aire, arrastre de cenizas, alivio para la viña. No borrará lo ya absorbido, pero dará oxígeno a la planta, ensanchará las bayas, favorecerá la cosecha. Traerá esperanza.
No obstante, esta semana de humo denso quedará grabada para siempre en nuestra memoria y quizá también en el vino. Puede que sea un efecto leve, imperceptible. O puede que acabe siento la firma líquida de esta añada: la del fuego, la del humo, la de la tristeza en los montes.

*Fotografías: propias y Diario de León.
Fotografía de Cabecera: Viñedos en Otero, de Maria Rodriguez.
