Caminar entre las cepas de Mencía en septiembre, tras un verano como el de este año en el Bierzo, es un golpe de realidad. Desde abril no ha llovido. Cuatro meses de sequía, agosto con temperaturas disparadas y los incendios acechando a pocos kilómetros, añadiendo humo y calor abrasador.
El viñedo lo cuenta todo sin palabras. A primera vista está verde, fuerte, resistente. Parece que no ha terminado aún. Pero basta apartar un poco las ramas para descubrir su verdad: el interior está seco, las hojas quebradizas, muertas. No ocurre en todas las plantas, pero las que muestran ese esqueleto hablan de lo que ha pasado. Mirad.




El estrés hídrico se ha impuesto. En el Bierzo, no hay riego y la vid no ha recibido más agua que la que cayó del cielo hasta el mes de abril. Después ya nada. Y llegó el calor extremo y ni una gota en el ambiente. Entonces, la planta eligió. Cerró por dentro, sacrificó hojas, ahorró transpiración y destinó toda su fuerza a lo esencial: proteger el fruto. Y es increíble ver cómo lo ha logrado. Los racimos están ahí, maduros, vivos, como si la viña hubiera entregado su última reserva de energía para salvarlos. Este año son pequeños, irregulares pero firmes, de piel más gruesa, una armadura natural contra el calor. No están pasificados, están tersos, quizás parados.
No es lo habitual. Normalmente, la piel se vuelve más fina y en consecuencia el grano de uva se torna de aspecto traslúcido, de consistencia más blanda y elástica. Y los tonos otoñales de las hojas no empiezan hasta octubre: de arriba a abajo, primero las puntas, luego el interior, pasando del verde al amarillo, luego el anaranjado, y finalmente se secan y caen. Sí, el estrés hídrico y el calor han acelerado el proceso, dejando ya muchas hojas interiores secas antes de tiempo. Pero la planta siempre salva al fruto.
Esta añada nos recuerda que el vino no nace de la comodidad, sino del esfuerzo silencioso de la planta. La viña sobrevive como puede. Es resiliente, obstinada. No hay duda, estas viñas viejas son unas campeonas, saben regularse. Y qué bonito es, después de todo, ver esos racimos preparados para ser vendimiados, pequeños héroes que han aguantado el calor y la sequía para llegar hasta aquí.
El azúcar no engaña: el grado ya marca 13,5% de alcohol probable. Quizás este año, fenólicamente, la uva no haya desarrollado todo su potencial. El tiempo lo dirá. Pero poco más puede dar la cepa de sí. Así, que sin más dilación, toca vendimiar. Vamos a ello.


