Rosado sin filtro

Hoy he pasado el día en la bodega. Tocaba envasar El Viaje Rosado 2024, ese rosado de Mencía que cada vez que lo pruebo me sorprende un poco más. Es un momento hipnótico: ver como el vino baja por los tubos como un río disciplinado y cada botella que se llena, es como un pequeño pacto de futuro. Ahí dentro, el vino -que hoy huele mejor que nunca- seguirá vivo, evolucionando.

Qué color más límpido y bonito. No hay rosado en el Bierzo con ese color‘, me dice Julio. Sonrío. Rojo, fresa, piruleta, brillante… La verdad es que me encanta.

Bombeamos el vino del depósito a la envasadora semiautomática. De seis en seis, con calma y paciencia. Todo va bien hasta el último bombeo: arrastramos un poco de lías y el vino se enturbia. STOP, Stop. ¿Qué hacemos? Nunca filtramos, para respetar así todo el carácter natural del vino. Así que decido separar. Embotello ocho botellas con sus lías, a modo de experimento: quiero ver cómo evolucionan, qué matices aportan, cómo se comportan en el tiempo en la botella. Y el resto lo dejaremos reposar otra vez, que decante y se limpie de nuevo con tranquilidad. Julio calcula que nos quedan unas 30-35 botellas por envasar. Hoy hemos completado 301. ‘Julio, esa 1 me la llevo’.

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Hablemos de la botella

He escogido un envase sencillo: botella borgoñesa de vidrio transparente, 750 ml, 395 gramos de peso. Un estándar. Pero ojo: que sea ‘estándar’ no significa neutro. El vidrio protege. Aunque es transparente, las botellas de vino suelen colorearse para proteger el vino (sobre todo de los rayos ultravioleta). Es inerte, impermeable y estable, pero también condiciona. Su transparencia deja pasar la luz (enemiga del vino), su volumen define la evolución (no es lo mismo 75cl que una Magnum) y su peso de la botella cuenta más cosas de las que parece.

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En esta ocasión he escogido el cristal transparente que deja ver el color del vino: ese rosado tan brillante y bonito. Os habréis fijado que la mayoría de rosados se embotellan en cristal trasparente. ¿Por qué? Porque el color vende. El consumidor compra primero con la vista: ese rosa pálido que recuerda a la Provenza, el piruleta subido del tradicional navarro, el color fresa brillante de la Mencía… La botella transparente es el escaparate perfecto.

Sin embargo, hay que tener cuidado porque su transparencia deja pasar la luz y la luz sabemos que degrada el vino. En otras palabras: la botella transparente es una elección estética y comercial, más que técnica. Eso significa que, con este vino especialmente, hay que extremar las condiciones de conservación. Repaso mis apuntes de WSET Nivel 3: los vinos deben almacenarse en un lugar fresco (idealmente entre 10 y 15 °C), oscuro, con temperatura estable, sin vibraciones y sin olores fuertes. La bodega de Julio cumple todas las condiciones, así que nada de que preocuparme.

Y para mayor seguridad, en un par de días, antes de pasarlo al almacén, lo meteremos en las cajas. Así quedará complemente resguardado.

¿Por qué no todas las botellas pesan igual?

Y aquí viene la otra pregunta: ¿por qué no todas las botellas pesan igual?

Durante años, el peso de la botella se convirtió en un símbolo de prestigio. A más gramos, más sensación de calidad. En los tintos de gama alta, podías llegar a tener botellas de 900 gr (casi un kilo, vacías). El argumento era estético y de marketing: sostener un vino ‘serio’ en una botella ligera parecía un sacrilegio. Pero la realidad es que el peso apenas cambia la evolución del vino. Lo que sí cambia es la factura ambiental: más vidrio, más energía, más emisiones de transporte.

Hoy muchas bodegas están reduciendo gramos sin miedo a que el consumidor lo perciba como ‘menor calidad’. Botellas como la que he elegido (395gr) son una opción intermedia: resistentes, elegantes, sostenibles. Para espumosos o vinos con segunda fermentación, se necesita más vidrio porque la presión del CO₂ lo exige. Pero para vinos tranquilos, la tendencia es clara: menos peso, menos postureo, más coherencia.

El envase, en definitiva, es mucho más que un contenedor. Es un mensaje: sobre sostenibilidad, sobre tradición, sobre la forma en que queremos que ese vino llegue a quien lo abra. Hoy, al ver mi rosado ya dentro de su botella, entendí que cada decisión y cada matiz cuenta.

En un par de días lo llevaremos al almacén para que empiece su tiempo en botella. Porque es ahí, acompañado de las condiciones adecuadas, donde el vino pule aristas, integra sabores, suaviza taninos y descubre matices que hoy todavía no existen. El envase y la bodega lo protegen, pero no lo olvidéis: es el tiempo quien firma la obra.

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Publicado por maiteruiza

Periodista. Especialista en Vinos. Autora de El Viaje al centro del Vino

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