El Bierzo está lleno de castillos. Pero pocos como este. En Villafranca del Bierzo, el Castillo-Palacio de los Marqueses de Villafranca no es solo un edificio imponente del siglo XVI: es la historia viva de un linaje, de un territorio y de una familia que ha sabido mantenerlo como un lugar vivo, habitado y no como una postal congelada. Me recibe Alonso Halffter en la entrada. Sonríe, y me invita a cruzar las murallas y descubrir una parte que muchos desconocen: el extenso viñedo y un vino con nombre propio, Castillo de Villafranca.



“Ven, te enseñaré el jardín de mi madre”, dice mientras señala el viñedo. Nueve hectáreas plantadas con Mencía y Godello, más una hectárea de Tempranillo en honor a su madre María Manuela Caro y algo de la escasa Estaladiña. No habla de viñas, habla de herencia. “Esto no son solo uvas, es memoria, es legado, es continuidad”.
María Manuela Caro, Marita, pianista brillante y descendiente de los marqueses de Villafranca y condado de Peña-Ramiro, soñaba con hacer aquí un gran vino que situara al Bierzo en el mapa cultural y vinícola que se merecía. A su lado, Cristóbal Halffter, su marido, uno de los grandes compositores de la Generación del 51. Un extraordinario maestro, músico y director de orquesta. Aquí compuso grandes partituras que sonaron en el Teatro Real, en escenarios de medio mundo y hasta en las Naciones Unidas. Lo que se respiraba entre estos muros era alta cultura. Como lo evidencian también los originales expuestos en las paredes con poemas de Blas de Otero, Vicente Aleixandre o Salvador Espriu dedicados a su amigo Pablo Picasso en el exilio. Aquí la cultura era vida… y el vino, también.
La historia del Castillo
Paseando entre viñas, Alonso Halffter me va contando la historia del Castillo y las piedras nos van mostrando todas las capas. Aquí nació en 1486 el marquesado de Villafranca, cuando los Reyes Católicos confiaron estas tierras a los Álvarez de Toledo, uno de los linajes más poderosos de Castilla. El segundo marqués, don Pedro de Toledo, virrey de Nápoles, terminó la construcción junto a su esposa María Osorio y Pimentel. Y aquí el giro italiano: su hija Leonor se casó con Cosme de Médici. De pronto, este rincón del Bierzo se convirtió en puente cultural con la Florencia renacentista. No hablamos solo de nobleza y títulos: hablamos de un Castillo que absorbía música, arte, libros e ideas que viajaban desde Italia hasta el Bierzo.





El Castillo también sufrió sus heridas: en 1809 lo arrasaron las tropas inglesas y francesas durante la Guerra de la Independencia. Quedó en ruinas hasta que en 1850 Joaquín Caro y Álvarez de Toledo, conde de Peña-Ramiro, lo reconstruyó con la ayuda del arquitecto Arturo Mélida. Los cuatro torreones colosales son fruto de esa restauración. Y donde antes hubo jardines cortesanos, plantaron viñas. Desde entonces, piedra y vino en el Castillo quedaban entrelazados para siempre.
El Castillo-Palacio ha estado siempre habitado, generación tras generación. Residencia de los Condes de Peña-Ramiro y sus descendientes. ‘Mi madre, Marita, nieta del conde Joaquín Caro y Álvarez de Toledo se instala aquí con mi padre’. Aquí vivieron largos periodos y aquí murieron: primero Marita, en 2017 y, cuatro años después, Cristóbal Halffter. El Castillo fue siempre su refugio, su casa y su escenario íntimo.
El vino
Visitamos la vieja bodega, situada en un torreón, el único que no ha sido reformado: aún guarda toneles gigantes de madera que parecen esculturas. Pero transformarla en una instalación moderna exigiría un proyecto colosal. ‘No lo descarto, me encantaría recuperar la bodega del Castillo y que nuestro vino insignia se elaborara aquí’.



El vino se llama Castillo de Villafranca. Tras un parón de 10 años, Alonso se plantea seriamente en 2019 que hay que mantener vivo el Castillo y retomar la producción. Una edición mínima, personal: 1.500 botellas de Mencía que elaboran en Bodegas Merayo, con plena confianza en el enólogo Fermín Rodríguez-Uría, hijo de quien le hacía ya el vino a sus padres.
Alonso lo resume sin rodeos: “El vino aquí no es negocio, es continuidad. Cada botella es una forma de decir: seguimos aquí. Este castillo sigue vivo”. Con la misma filosofía que tuvieron sus padres y que se lee hoy en la contraetiqueta: ‘Los viñedos y el castillo forman una unidad donde la cultura, la belleza y la tradición son los protagonistas’.
Cultura, belleza y tradición. Eso es lo que representa Castillo de Villafranca. Un Mencía 100% con 15 meses de crianza en barricas de roble francés. Ahora está preparando también un Godello. El resto de la uva, se vende. Porque no hay prisa, solo la certeza -y la ilusión- de que este proyecto puede crecer si las próximas generaciones cogen el relevo. ‘De momento, parece que mi hijo comparte esa misma pasión por el Bierzo y por el vino. Así que veremos qué pasa’.
¿Qué es para ti el vino del Bierzo?
Acabamos la visita. No hemos catado el vino pero me regala una botella. Añada 2020. ‘Espero que te guste’. Antes de despedirnos le pregunto: ¿Y para ti, qué es el vino del Bierzo? Alonso sueña alto: ‘El Bierzo puede ser la Toscana española. Tenemos historia, paisaje y cultura. Solo falta creérnoslo‘.
Y tiene razón. Porque si este Castillo estuviera en Italia, sería marca país, portada de guías, escenario de Netflix y orgullo nacional. Quizá el mayor reto hoy de este legado familiar no sea producir más botellas, sino conseguir que España mire de verdad hacia el Bierzo: el Castillo, la historia, el paisaje, la cultura, el vino, la belleza…. Un patrimonio que no cabe en vitrinas.

