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El Bierzo arde. Una semana entera con el cielo cubierto de humo, con cenizas cayendo sobre los pueblos, cubriéndolos de gris. El aire huele a madera muerta y a historia quemada. Los aviones sobrevuelan, no dan abasto, y las llamas se abren camino.
Las Médulas, Orellán, Carucedo y Voces. Villablino. El pico El Miro en el Páramo del Sil. Paradiña, Ferradillo (Priaranza del Bierzo) y Llamas de Cabrera (Benuza). Montes de Valdueza, amenazando Peñalba de Santiago. Canedo, Quilós… El Bierzo arde. Arde el paisaje, arde la memoria. Y en ese dolor se enciende también la rabia: ¿cuánto de esto se habría evitado si el campo no estuviera abandonado?
Julio me enseña el catastro agrícola (Sistema de Información Geográfica de Parcelas Agrícolas – SIGPAC): un mapa lleno de mini parcelas que un día fueron viñedos y hoy son bosque, zarzas, matorrales y pinos mal plantados. Combustible. Terreno para que la chispa se convierta en monstruo.

El campo cultivado frena, ordena, contiene. Es un cortafuegos. No se trata solo de producir: se trata de proteger.
Mi amiga Anahí me escribe desde la costa asturiana: me manda fotos del cielo. Está cayendo ceniza allí. Las llamas del Bierzo y de León viajan con el viento hasta la orilla cantábrica y el 112 manda alertas de confinamiento a media docena de municipios asturianos.
Aquí, nuevos pueblos en las montañas amenazados, vecinos desalojados. Todos le rezan hoy a San Roque para que llueva. Porque todos lo sabemos: solo la lluvia puede apagar tantos frentes encendidos. Mientras, por WhatsApp suena una canción que duele más que el humo: ‘No somos la España vaciada, somos la olvidada‘.
Sí, pienso en esa España vaciada que dejamos marchitar. Donde hubo manos, ahora hay abandono. Y duele, porque el fuego arrasa no solo los árboles, sino también el pasado y el futuro. Veo a la gente mayor que resiste, que todavía se ata las botas cada mañana para ir al campo, aunque ya apenas pueda. Y los pocos jóvenes que quedan, empeñados en que esta tierra no se rinda.
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El cultivo no es la solución total ni el remedio único contra el fuego, pero sí es parte de la respuesta. La viña, los huertos, los prados… cuando se cuidan, actúan como barrera.
Quizá ese sea el duelo más grande: entender que los incendios no son únicamente tragedias naturales, sino también la consecuencia de abandonar lo que nos sostuvo durante siglos. El fuego arrasa, pero también desnuda una verdad incómoda: lo que no se cuida, se pierde.
Y aunque no soy creyente, hoy como tantos bercianos, espero que San Roque nos proteja, que caiga la lluvia y que podamos respirar de nuevo (llegamos a 180 µg/m³).






